viernes, 14 de octubre de 2011

The Dark Passenger



Hay pensamientos oscuros en todos nosotros. Algunos los vemos, otros no. Admitir que hay ciertas cosas dentro nuestro que no van a cambiar por mucho que lo intentemos es la clave; vivir nuestra vida según lo que somos, en lo que nos hemos convertido. Tratar de matizarlo, perfeccionarlo. Pero no convertirlo en algo diferente.

Funciona así también con los demás.
Admitir que no van a cambiar; que tras sus rostros apacibles y su actitud renovadora existe lo mismo de siempre. Es estúpido intentar engañar a los demás escupiéndose encima una falsa sensación de bienestar. Que se la traguen, porque yo no. Nadie sonríe para siempre...

No podemos jugar con aquellos que no tienen el mismo tablero... con aquellos que quieren usar tus mismas fichas. Conviene hacerlos desaparecer.

sábado, 20 de agosto de 2011

Como no sentirse solo en Dune

Hace seis libros que descubrí a Dune. A veces no hace falta tener un motivo muy grande para empezar esta gran aventura; simplemente se te presenta y decides. Como la mayoría de cosas. Y ahora doy gracias por haberla iniciado.
Con Dune descubres cómo estar sola en el desierto no te hace sentir tan mal y, cómo, a veces, quisieras acudir allí, subir al lomo de un enorme gusano y gritar: "No necesito nada más".

miércoles, 4 de mayo de 2011

Metiendo la pata...

Los tiempos cambian... demasiado a menudo. Ya no existe la estabilidad: los jóvenes de hoy luchamos por vivir el día a día, sin pensar si realmente habrá un mañana y qué pasará en él. Por eso somos tajantes al tomar nuestras decisiones y por eso no valoramos lo que se supone debemos valorar. Porque lo que se nos ofrece no es lo que se nos debería ofrecer. Por eso hay más depresiones: porque no asimilamos los cambios que a diario se producen en nuestras vidas, porque nos gusta, como a la mayoría tenerlo todo atado. Sólo aquellos que asimilan que no hay nada seguro se libran de estas depresiones.

Los tiempos cambian para mí también, que entro dentro de este grupo inestable. Cambio de trabajo cada tres meses, hago entrevistas como churros que sé que no me van a gustar, me hago un esguince bajando las escaleras del metro... estas cosas pasan. ¿Y sabéis qué? No me importa lo más mínimo. Porque aunque debería valorarlo, no lo valoro. Porque me dan cosas que no deberían, me dejan los restos de lo que otros comen, soy lo último de la cadena.

Los tiempos cambian para todos: para nuestros padres, que nos tienen en casa hasta que decidimos que estar debajo de un puente nos honra más; para nuestros abuelos, si están vivos, que criarán los perros y gatos que tengamos cuando queramos irnos a la vuelta de la esquina de vacaciones; para nuestros amigos, que con la inestabilidad compartida quizá no nos encontremos nunca en la posibilidad de organizar nada grande juntos; para nuestras parejas, que vivirán a remolque de nosotros y nosotros de ellas.

Los tiempos cambian, sí, y yo aquí estoy... haciéndome con un par de muletas para caminar. Porque quién sabe, mañana quizá pueda volar.

jueves, 24 de febrero de 2011

Lucha de neuronas

Luchaba por romper con lo establecido, por pensar fervientemente "esta vez no" y dejar de creerse al momento: mientes muy mal, Sally. La miraba a los ojos y los veía tan vacíos de las cosas de las cuales deberían estar llenos y tan a rebosar de fatalidad, odio y contradicción; sus ojos luchaban por salir de ella, pues tal era el infierno en su interior que huir era la única forma de sobrevivir sin secuelas.

- Sally, ¿estás bien?
- No, no estoy bien. ¿Acaso no lo ves? ¿Acaso no me has visto dejar de sonreír?
- No tienes remedio, Sally; lo siento, te has vuelto una desquiciada. Siempre lo has sido, y has intentado esconderlo esperando que nadie se diera cuenta. ¿Todo lo anterior? Es un ciclo, un círculo que te empeñas en vivir una y otra vez. Tus historias, tus ralladas... no es la primera vez, y lo sabes. Y cada vez piensas que es distinto y te das cuenta que no paras de dar vueltas, perdida en medio de las tinieblas, esperando que algún día caigas desmayada al suelo del mareo o mueras. No valoras nada, cariño, eres humo... humo negro.
- Tienes razón. ¿Pero quién me va a quitar este nudo del estómago? ¿Quién va a entender lo que pasa dentro de mí? No, Harry, esto no puede sacarlo nadie excepto yo. Porque si tú intentas solucionarlo te vas a manchar de la retroalimentación: te vas a marear... tu cabeza no está acostumbrada.
- ¿Qué debo hacer entonces? ¿Marcharme?
- No, sólo permanece callado a mi lado hasta que yo acabe de llorar y te pida que hables.

Y allí me quedé, a su lado. Pero nunca me lo pidió. Al cabo de los años, me dijo:

- Harry, ¿me quieres?
- Te quiero, Sally.
- Sí, ahora lo sé.

Y entonces entendí que lo que le habían herido siempre eran mis palabras, aquellas que yo había pretendido escoger como algodones, como flores, como caricias y a ella se le habían clavado como puñales, creando unas heridas imposibles de cerrar.

jueves, 17 de febrero de 2011

Quería...

Quería tan sólo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí.
¿Por qué había de serme tan difícil?

martes, 18 de enero de 2011

Es difícil, lo sé.

Huyes, hacia un lugar enneblinado donde no puedes pasear por las calles con los brazos abiertos como si fueras un ángel. Y desciendes hasta sus aguas vaporosas para surcarlas, cual marinero intrépido, esperando que el lugar en el que te deje sea mejor que el lugar del que vienes. O quizás que al volver las cosas hayan cambiado, como ya lo hicieron la última vez. Lástima que ahora quieras revertir esos cambios, de nuevo.


Góndola siempre me ha sonado a golondrina. Puede que sea uno de los pájaros que primero aprendemos cuando somos pequeños, siempre dibujando "uves" en los cielos algodonosos. Les cogemos cariño. Y al mismo tiempo les envidiamos, por verlas tan arriba, mirándonos desde lo alto, elegantes, dejándose llevar. Pero San Marco no estaba lleno de golondrinas: su suelo era un bacanal de palomas y gaviotas. Odio las gaviotas. Las veo pasar a veces en verano cerca de mi ventana, que mira al mar, violentas, tratando de arrancarme un trozo de manjar. Los turistas no podían ocultar su gozo al ponerse comida sobre las manos y que estos animalejos se les subiesen como si fuesen la estatua de Colón, llena de mierda ácida.

Durante una noche no pude ver más que caras. Máscaras de colores que me miraban serias, con esa expresión asesina pero que en absoluto me da miedo. Cada máscara es una parte de la esencia de la persona que la crea, y sus colores representan el ánimo que tiene cuando lo hace. Por eso es tan difícil, y a la vez tan fácil, escoger una de ellas y, conforme el tiempo avanza, enamorarse de esos colores. Porque tras los rostros serios y contenidos puede encontrarse una persona amable, divertida y soñadora. ¿Por qué no?
Cerraba los ojos y esas caras me perseguían: no podía dejar de ver a sus creadores en ellas, ni dejar de pensar sobre quién las había hecho. ¿Acaso me había cruzado con alguno de ellos por esas estrechas calles?



Pero dicen que lo mejor de un viaje es volver a tu hogar, para reflejarlo, para enseñarlo, para entender qué realmente diferencia ese sitio del que venías. Si uno mira el cristal de murano puede embobarse haciendo escrutinio de sus llamativos colores y formas; puede perderse en sus espirales y en sus brechas.

Me quedé pensando que quizás estaba bien tener dolor de gemelos, y seguir sintiéndolo a la vuelta, aunque eso fuera lo único que había cambiado.

viernes, 7 de enero de 2011

Tras Gantz, la oscuridad

Cerré los ojos sólo por tratar de que la oscuridad se apoderase de mis pensamientos. La sensación de empezar a ver en blanco y negro y, tras eso, perder el sentido de cualquier pensamiento que no sea onírico debería satisfacer a cualquiera. Yo hubo un tiempo que temía esa sensación, como si se tratase de una pérdida de control de mí misma. Después comprendí que no dejo de existir por no sentir control.

El caso es que ayer cerré los ojos. Y como imágenes impregnadas en mi retina salían dibujos en blanco y negro; dibujos hechos a mano. Debe ser de tanto leer Gantz. Los ojos de los personajes te persiguen hasta en tus sueños. Y de repente, todo empezó a fundirse en negro, como si alguien hubiese tirado un cubo de pintura desde arriba del televisor que eran mis pensamientos.

Y empecé a pensar que yo apenas le conocía. Venía de vez en cuando con nosotros, hablaba naturalmente e incluso conocía algunas cosas de su vida resultado de juegos alcohólicos. Pero nada más. En aquél momento recordaba su nombre porque he tenido siempre la costumbre de poner tras el apodo los nombres reales de las personas e incluso la ciudad donde viven. Creo que antes tenía demasiada mierda "contactil" que me obligaba a hacerlo. Tras conocer mejor a esa persona descubrí que había cometido uno de los mayores errores de mi vida: ya no podría volver atrás, ya no podría volver a no-conocerle. Pero ese no era el error: el día que se fuera yo ya no podría seguir viviendo. Ahora, supongo que como antes, ya no era una desconocida... ya lo sabía todo de mí.